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 La mirada que nos reveló el siglo XX

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MensajeTema: La mirada que nos reveló el siglo XX   Jue 24 Jul - 14:18

(biografía de Henri Cartier-Bresson a 100 años de su nacimiento)

Por Pierre Assouline
Para LA NACION


Hay hombres con los que nada resulta simple. Henri Cartier-Bresson era el arquetipo de esa clase de persona, y eso mismo constituía su mayor encanto. Tenía el don de plantear problemas, desde el momento mismo de su nacimiento. Algo que se les plantea de nuevo a aquellos que cien años más tarde se preguntan en qué momento corresponde celebrarlo. En realidad, nació el 22 de agosto de 1908 en Chanteloup (Sena y Marne), pero siempre dijo, con el espíritu libertario que lo caracterizaba, que el acto del nacimiento carecía por completo de importancia y que, en función de una concepción zen de la existencia, uno nace en el momento en que fue concebido. Así considerado, sus padres inventaron al pequeño Henri una cálida noche de enero de 1908, durante un viaje romántico a Palermo (Sicilia)

Nada es fácil en su caso, hay que repetirlo. Ni su nacimiento ni su muerte. Ese día de agosto de 2004, en su pueblo de Céreste, en el corazón de su amado Luberon (en el sur de Francia), los que lo conocían desde hacía mucho tiempo pudieron decir que ese joven hombre de 95 años había logrado por fin su última fuga. Su última fuga hasta el fondo mismo del cuarto oscuro. Porque Henri Cartier-Bresson (HCB para los iniciados, En-rit-Ca-Bré para los surrealistas, Cartier para los fotógrafos, Henri para sus amigos) era de la raza de los fugitivos.

Cobró conciencia de ello tardíamente, alrededor de los 35 años, cuando llevaba el número KG 845 en un campo de prisioneros en Alemania. Entonces entendió por qué su apodo en los scouts había sido "anguila movediza". No el de alguien que huye, sino el de alguien que se escapa. Permanentemente y de todo: familia, entorno, religión, educación, casa, país, partidos, clubes. Su vida fue una escuela de desobediencia. No dejó de marcharse, de un continente a otro, pero también de la pintura a la fotografía, de la fotografía al cine, del cine al documental, del documental a la fotografía y de la fotografía al dibujo. Se evadió de todo lo que encierra al hombre dentro de un marco demasiado pequeño en vez de agrandar la perspectiva de los más elevados mares interiores.

Se le han consagrado tesis, libros, estudios, exposiciones, en todos los lugares donde la tecnología aún no ha derrotado a la sensibilidad. Los fotógrafos evocan su espíritu geométrico; los filósofos, su espíritu refinado; los budistas, su devoción a la causa; los libertarios, su libertad de espíritu. Pero la respuesta puede resumirse en una sola palabra: la mirada.

La suya ha modificado nuestra mirada del mundo. No podemos dirigir los ojos a la punta de l Île de la Cité, a las orillas del Sena, a las vías de la estación Saint-Lazare sin superponerles sus íconos. Y aún no hemos visto más que unos cientos, siempre los mismos, aunque sus archivos guardan aún miles. Muchas personas sólo conocen India, América o China a través de la mirada de Cartier sobre esos países. Muchos que no han ido jamás a una exposición de esculturas de Giacometti tienen una idea verdadera de su obra por el parpadeo de la visión de Cartier.

Siempre parecida y jamás la misma, sea donde fuere, en el Japón de los actores kabuki de duelo y entre los chinos de Shanghai durante el pánico revolucionario, entre las deliciosas bailarinas balinesas y en la Plaza Roja casi desierta, o frente a la soledad brumosa de la punta de l Île de la Cité o en la observación de un gato entre dos altos muros de Nueva York.

Podríamos relatar todo el siglo XX en imágenes, mezcla de felicidad y tragedia, exclusivamente con sus fotos. Y para el texto, mínimos epígrafes. Cuidarse muy bien de no explicar todo, para no quitarles a las obras su porción de misterio. El exceso de comentario arruina la sensibilidad, demasiado análisis destruye el gusto y la pedantería desfigura el paisaje. Que nadie hable de técnica, porque a él le horrorizaba hablar de fotografía. Basta con saber que fue más o menos contemporáneo de la invención de la Leica, que ambos se conocieron y nunca más se separaron. Aunque oficialmente abandonó la fotografía por el dibujo hace treinta años, una cámara munida de un objetivo de 50 mm descansaba siempre, envuelta en gamuza, en el fondo del bolsillo de su chaqueta. Rara vez se ha visto una ósmosis similar entre un hombre y una máquina: como una armonía natural entre un alma y una ciencia.

El Louvre fue su verdadera escuela, mucho más que la Academia Lhote. El Louvre entrenó su ojo en las reglas de la composición, del equilibrio y de la armonía. Ignoraba la fórmula de la proporción áurea, pero conocía el secreto al punto de reproducirla instintivamente en sus retratos. La regla sólo se usaba para corregir la emoción. Aprender a mirar, no a identificar. Su principio: que nadie entre aquí si no es geómetra, porque el mundo está hecho de líneas. Su obsesión: ¿Pero de dónde sale el dinero? Su material: el mínimo sindical, una cámara Leica, un gran angular y un pequeño teleobjetivo. Su técnica: estar en alerta permanente para captar el instante decisivo. Nunca se lo perdió ni extravió su camino, porque desde muy temprano conoció el secreto de la sabiduría, incluso antes de que lo conquistara el budismo: cuando uno tiene una idea, hay que profundizarla y seguirla a fondo.

Desde las primeras imágenes, la del gran burgués en una senda del Prado en Marsella a principios de la década del treinta, el arte poético de Cartier-Bresson está establecido, su gramática de la imagen lista para actuar. La composición es perfecta, todo está hecho de estructuras y volúmenes, y sin embargo, la actitud de ese hombre de otra época ofrece al espectador un suplemento de alma. Puro Cartier-Bresson. Sin embargo, había comprado su cámara apenas unos meses antes.

Su capacidad de concentración en el "instante decisivo" no era un don divino sino una disciplina que había integrado perfectamente. Todo el tiempo alerta, al acecho, en movimiento. Proust y Cézanne eran sus fotógrafos de cabecera. Había extraído de En busca del tiempo perdido , más que del Génesis, la idea de que todos los días no tienen veinticuatro horas, y de que la intensidad de las horas asigna al tiempo su verdadero valor. A tal punto que los tres años que pasó en el campo de prisioneros fueron para él toda una vida pues allí vio todo, entendió todo, vivió todo. Y todo lo retuvo, ya que su capacidad de absorción de lo real y de impregnación de lo invisible era excepcional, con o sin cámara fotográfica.

Cuando hablaba, sabía ser brillante, cómico, injusto, cruel, divertido. Pero en cuanto salía el tema de la guerra en la conversación y los nombres y las siluetas de sus compañeros de cautiverio se agolpaban en su boca, se le nublaban los ojos, se le anudaba la garganta, se le saltaban las lágrimas y todas sus defensas desaparecían. Ese hombre también era Cartier-Bresson.

Lo esencial siempre se expresa mejor con rodeos. Actuar siempre indirectamente. Eso no le impedía usar el cuchillo de la franqueza y la rudeza de las explicaciones, según se acuerdan aún los empleados más antiguos de Magnum, su agencia, ya que un portazo de HCB hacía más ruido y resonaba más tiempo que cualquier otro. Por lo menos podemos estar seguros de que no sufrió por reprimir sus pensamientos. Meditativo frenético, gran burgués intranquilo, disfrutaba secretamente del aristocrático placer de desagradar.

Henri Cartier-Bresson se mantuvo bien hasta el nacimiento del siglo XXI y luego se fue. Como para creer que lo hizo expresamente para echar un vistazo, ver a qué se semejaba y determinar que decididamente el siglo precedente, a pesar de su desfile de horrores, de barbarie y de dictaduras, había tenido cosas buenas y que era mejor quedarse allí. Tuvo bien merecido su apodo de "ojo del siglo", porque vio como nadie todos los estados y condiciones. Los vio como dibujante, como peatón, como diletante, como viajero, en sus horas de ocio, como fotógrafo. Fue el más grande, sin duda. El único que cubrió todos esos campos de acción.

En todas las cosas, la obra maestra es la duración. En el arte, más aún. HCB tuvo la oportunidad de abarcar todo su siglo y la fuerza de carácter necesaria para mantenerse fiel a lo que había sido desde el principio. Insensible a las modas, el geómetra inspirado no dejó de cultivar el blanco y negro, a la altura humana. Henri Cartier-Bresson mantuvo su palabra: había concebido el proyecto de morir joven pero lo más tarde posible. A los 95 años, estaba demasiado ocupado viviendo el instante presente como para dejarse invadir por la idea de la muerte. A tal punto que sabía exactamente cuándo y cómo pasaría de la vida a la muerte.

Madame Colle, la madre de su amigo Pierre Colle, vidente famosa dentro de su pequeño círculo, le había tirado el tarot a los 20 años. Surrealista desde el principio y para siempre, HCB veía en ella a la Madame Sacco de Nadja . Todo lo que ella le predijo ocurrió, hasta las circunstancias de su propio fin. Pero mantuvo en secreto el momento de su muerte. Es posible que se haya dejado ir. Por haber dejado de amar a su época desde el momento en que dejó de ser amable, Cartier-Bresson cerró los ojos a su siglo. Quizás no sepamos nunca cuáles fueron sus últimas palabras, pero sí sabemos cuál era su palabra preferida porque era la última palabra del Ulises , la novela de James Joyce: "Sí".
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